3 de abril de 2025 3 / 04 / 2025

Ojo de mosca 317

Desinformación y fanatismo

Martín Bonfil Olivera

Mosca de la cebolla. Anthomyia ceparum. Clase: Insecta. Subclase: Pterygota. Filo: Endopterygota. Orden: Diptera

Vivimos en la era de la desinformación, como dije en la entrega pasada de este espacio. Los medios de comunicación están saturados de contenido manipulado, sesgado o falso, difundido con fines políticos, ideológicos, comerciales o simplemente para crear caos. Por eso, todo estudiante y todo ciudadano debería contar con herramientas básicas de pensamiento crítico para discriminar entre información fidedigna y engañosa. Pero la difusión viral de información falsa o manipulada es sólo parte del problema. Otro, gravísimo, es la aceptación que este tipo de desinformación tiene en el público al que se dirige.

Es frecuente que cuando una persona comienza a creer y dar por buenas estas noticias falsas, mentiras y teorías de conspiración —sean que la Tierra es plana, que las vacunas causan autismo, que el cambio climático es un engaño o que los extraterrestres nos vigilan desde platillos voladores— se vuelva extremadamente difícil convencerla de lo contrario.

Uno pensaría que basta con proporcionar la información correcta, basada en fuentes confiables y verificadas, y explicar por qué es falsa esa información para que la persona corrija su punto de vista. Según el pensamiento lógico y racional, ante la evidencia que refuta una creencia uno debería dejar de sostenerla.

Lamentablemente, no es así. El ser humano es mucho menos lógico y racional de lo que nos gusta creer. Nuestras creencias suelen basarse menos en la evidencia comprobable que en factores posiblemente menos rigurosos, como nuestras creencias previas, los prejuicios y mitos de nuestra cultura y educación, lo que nos dicen quienes nos rodean, lo que vemos en los medios y hasta las explicaciones sin base que frecuentemente inventamos para dar sentido a las cosas.

Sólo a través de la educación, y de un entrenamiento bastante arduo, logramos sustituir estos sesgos cognitivos por las herramientas del pensamiento racional y metódico. Y aun así, no las usamos siempre: podemos ser muy racionales al resolver problemas del trabajo o al juzgar a desconocidos, pero tenemos un juicio totalmente sesgado cuando se trata de nuestro equipo favorito de futbol, de nuestros amigos o de los políticos que nos simpatizan. En casos extremos, la desinformación puede llegar al fanatismo cuando, aunque sea evidente la contradicción lógica entre los hechos y lo que se cree, las personas eligen negar que existe la contradicción misma.

Y es que el éxito de la desinformación radica en que apela a nuestras emociones, más que a la racionalidad. Su difusión viral y su aceptación se deben a que responde a lo que muchas personas desearíamos que fuera cierto, a que coincide con nuestras creencias o prejuicios y los refuerza. Muchas veces nuestra confianza en una ideología, pseudociencia o teoría de conspiración se vuelve parte de nuestra identidad, igual que cuando somos “fanáticos” de un equipo de futbol o un partido político.

Es mucho más fácil que uno siga creyendo en lo que ya creía que convencerse de que su creencia era equivocada. Porque esto último implica aceptar que uno estaba equivocado, y esto provoca emociones desagradables. Tal es la naturaleza humana.

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